Por OSVALDO SANTANA/El CaribeEl gobierno de Leonel Fernández pasa por una mala hora. Días difíciles durante los cuales sólo se destacan las malas noticias, no por los medios, sino por una realidad mortificante que perturba los ánimos de todos, desde los simples ciudadanos hasta los funcionarios públicos en los que se puede confiar.
Así andan las cosas en la República Dominicana, con un gobierno si no rendido ante la criminalidad, con las alas rotas, de escándalo en escándalo.
Cuando las autoridades se han creído, como para darse ánimo, que han “destruido” una red criminal, debajo de las narices, o en sus propias narices, entre sus pies, como si fuesen parte del sistema administrativo, surge entonces otra.
De la burla de Figueroa Agosto, para quedarnos en la corta memoria dominicana, hasta la última jugada: el conde, al menos eso parece por su nombre, Arturo del Tiempo Marqués. Parecería un film o pura imaginación, pero es la brutal realidad.
En el corazón mismo de la ciudad, un perseguido internacional, inicia un proyecto multimillonario, consigue que lo más cremado de la nación lo acompañe en el primer picazo de la obra, y a poco se “descubre” que nuestro desarrollo crece a la luz, no ya a la sombra, sino del crimen.
Estas no son duras palabras, es la triste realidad de una semana de malas noticias, encadenadas una tras la otra. Primero veníamos con las pifias de una actuación poco conveniente en la arena internacional.
El presidente Fernández con un ímpetu pacificador pero mal llevado, que lo conduce a un protagonismo incierto y termina con una clara humillación de un Presidente que se siente en la poltrona de Bolívar, con la llave del petróleo que irriga la economía.
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